lunes, diciembre 01, 2003

Miedo

Soy una de las personas más miedicas que conozco. Soy capaz de pasar, en pocos minutos, del estado más apacible y tranquilo a meterme en la cama, tapada hasta las cejas, hecha un ovillo para que nada pueda tirarme de los pies. Para ello, sólo basta que deje vía libre a mi imaginación para que sea ella la que busque explicación a determinado ruido que me ha parecido oír o a determinada sombra que parecía moverse en la pared.

Mi relación con las películas de miedo es curiosa. Puedo verlas tranquilamente y reírme de lo patéticos que están Jason y el de Scream con sus máscaras, de lo poco reales que resultan Chucky y Freddy, y murmurar, con esa media sonrisa autosuficiente que se me da tan bien, que mira que hay que ser tonto para creer que esa transparencia blancuzca es un terrible fantasma. Lo malo es que cuando desconecto la tele me los encuentro a todos rondando por el pasillo de casa y jugando a carrerillas, pasando por delante de la puerta de mi habitación casi sin hacer ruido y soltando ráfagas de aire frío. Por eso he decidido que mejor no las veo.

Cuando era pequeña, antes de acostarme, miraba debajo de la cama y dentro del armario, no fuera a haber algo. Pero un día, alguien me preguntó qué haría si al mirar me encontraba con unos ojos a un palmo de mi cara. Y, claro, dejé de mirar. Eso sí, seguí metiéndome en la cama de un salto, desde lejos, para evitar que un brazo extraño me agarrara del tobillo. Y aún ahora, a estas alturas, hay días en los que, al ir a encender la luz, vacilo ligeramente pensando que qué si en lugar de tocar el interruptor toco una mano de fantasma bromista.

Me dan miedo los monstruos, los locos asesinos y los muertos que vagan por ahí esperando no sé qué, incapaces de descansar. Pero hay una cosa que me aterra (aparte de beor vestido de cosa rara de rol), los niños. Ir por una calle solitaria o por un pasillo oscuro y encontrarme con el abuelo ése de Poltergeist, mira, asusta pero entra dentro de lo normal y esperable; supongo que pegas un grito y corres, o te da un infarto y mueres, y a otra cosa; pero los niños...

Hace muchos años, oí a Chicho Ibáñez Serrador explicar que para él, el miedo no era ver a terribles seres desfigurados con un cuchillo en la mano, sino pasear por un bosque, encontrarse con un recién nacido y que, al cogerle en brazos, sonriera y mostrara una dentadura perfecta y completa.

Mi imaginación, cómo no, tiene un juego preferido; esperar a que yo esté subiendo por la escalera de un edificio y la luz se apague antes de hora, o a que gire una esquina y me dé de bruces con una calle demasiado oscura, o a que vaya al baño de noche sin haber encendido ninguna luz, o a que me quede sola en el trabajo y máquinas y muebles empiecen a crujir... Entonces, juega a hacerme oír una inocente vocecita "señora... por favor..." y, al darme la vuelta, hace que vea a esa niña, mirándome desde abajo con sus grandes ojos, con las manos detrás de la espalda y sonriendo extrañamente. Qué frío.

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