domingo, diciembre 21, 2003

Lidia

Lidia lanzó su pensamiento lejos. Observó las mesas de alrededor; delante de la suya, un grupo de gente más joven; detrás, un grupo de gente mayor. Catálogo de identidades repetidas en escala, como un juego de espejos a través del tiempo. El jefe, condescendiente como un Mr. Scrooge después de una mala noche; el simpático de los chistes; la feúcha y probablemente eficiente; la mona y seguramente tontita; el pavero ligón; el serio anclado en algún siglo.

Lidia cruzó la mirada con una chica tan ausente como ella. Esbozaron una sonrisa cómplice, pero Lidia pensó que quizás si se conocieran se ignorarían, como hacían ahora con los demás.

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La gente se agolpaba en el andén, todos querían ser el primero. Entraron en el vagón disparados por los lados, como si un invisible dedo gigante hubiera taponado la puerta, desviando el chorro. Había una anciana de pie, tanteando asientos con la mirada. Lidia giró la cabeza.

Los niños volvían excitados del último día del colegio. Vio a las madres admirando los álbumes y los trabajos manuales, y recordó. Quizás entonces valía la pena. Una niña pequeña cantó “caga-tió, caga-turró” y Lidia se dio cuenta de que sólo ella en el vagón no sonreía. Quizás antes era distinto.

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Lidia se bajó y esperó a su hijo. No le vio, habría salido por el otro lado. Pero esperar le serviría de excusa para dejar pasar a toda aquella gente que ya se había bajado, deprisa. Era Navidad, quizás se les hacía tarde para recoger el trozo de felicidad que les tocaba.

Le vio desde lejos, esperando junto a la columna, y los sentimientos se mezclaron en su garganta; cariño (su sonrisa, sus gestos), orgullo (tan listo, tan guapo con su mirada ausente) y miedo (tan delgado, tan adulto, tan niño). Su hijo se colgó la mochila de un hombro y anduvo hacia ella, con las manos en los bolsillos del pantalón -demasiado ancho- sorteando gente cargada. Lidia se preguntó qué sentiría cuando la veía. Pensó en abrazarle -era Navidad- pero temió el rechazo de sus diecisiete años, y caminó a su lado. Se fueron calle abajo.
Una mujer revolvía las papeleras.

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