miércoles, marzo 10, 2004

Imprescindible

He estado enferma unos cuantos días, con una bronquitis vírica bien apañá. De la enfermedad en sí, poca cosa que decir, era muy sosa. De hecho, una vez curioseé su orden del día y era algo así como “levantarse de la cama, toser, arrastrarse hasta el sofá, toser, ahogarse, agua, toser, arrastrarse hasta la cama, termómetro, antipirético, toser, ahogarse, dormir, toser, despertar, jarabe, volver al sofá, toser”.

Cuando me puse enferma faltaba una semana para que empezara una feria que organiza la entidad en la que trabajo. Puesto que la situación era ligeramente desesperada, fui a trabajar a pesar de la fiebrecilla y de que mis pulmones parecían querer independizarse a base de espasmos. Dicho así, igual queda de superwoman, pero en realidad soy una quejica llorona que no te la acabas y cuando me lamenté a unos amigos, uno de mis ídolos (el de las minúsculas) me dijo aquello de “jolín, pues quédate en casa”.

Y ahí vamos, no es que me crea imprescindible, es que... en fin. Cuando vi que la cosa estaba lo bastante encarrilada, que la mayor parte de lo que quedaba se podía arreglar vía correo electrónico e Internet y que la fiebre subía, agarré unos cuantos papeles y me fui para casa. Al día siguiente tuve (sólo durante la mañana, y si no me desconté) 17 llamadas del trabajo.

La mayoría, claro, de mi jefa (sí, como mi amiga Cristina, tengo una jefa). En la llamada número 11 me dijo “oye, ¿dónde tienes el teléfono? no te estaré haciendo levantar de la cama cada vez...”. Ante tamaña muestra de sensibilidad, me di unos cuantos golpes en el pecho (cof cof), avergonzada de haber contestado la llamada con el tono ése impaciente (que se me da tan bien) de “¿quéééé?” y murmuré, emocionada y con una lagrimilla asomando, “no, no, tengo el inalámbrico”, aunque el romántico momento se desvaneció rápidamente: “ah, es que como tardas tanto en cogerlo”.

Claro que podéis pensar que las llamadas eran para cosas que sólo yo, guardiana de los más altos secretos de estado, podía resolver. Y en realidad así era. Por ejemplo, entenderéis que a “ha llamado un editor diciendo que su autor va a ir a firmar a las 12 en lugar de a las 11, ¿qué hacemos?”, sólo yo pude pensar en una respuesta tan astuta como “hmm... modificar la lista de autores!” (y es que hay que reconocer que valgo...).

Pero todo este rollo sólo ha sido para limpiar mi conciencia; no es que me crea imprescindible, es que a veces es más fácil y rápido –y menos neurótico- tomarse unos gelocatiles, ir al trabajo, hacer lo que sea y volver a casa. Bueno, para limpiar eso y para hacerme la víctima, claro. Pero es que el blog es mío. Además, ¿qué queréis? aún estoy convaleciente, necesito mimitos...

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