jueves, abril 15, 2004

Lidia 2

Al salir del túnel, le sorprendió el ruido que hacían las gotas contra el cristal, parecía que quisieran atravesarlo para resguardarse de la lluvia. Se había puesto a llover sin avisar, siempre se le olvidaba mirar la previsión. Se sintió un poco estafada, no había sido un día oscuro, frío o húmedo; al mediodía, el aire remoloneaba, seco, por los rincones de los portales, y el sol saltaba entre cuatro nubes claras; había pensado que ya era primavera. Quizás después había pasado algo que le había hecho enfadar.

A Lidia no le gustaban los paraguas, prefería mojarse a tener que andar tintineando por las paredes, intentando conseguir ese equilibrio imposible que no la dejara seca de un lado y chorreando del otro, y bailando con el viento para que no se lo quitara. Le gustaba pensar que no le importaba mojarse, lamer las gotas que caían cerca de su boca, llegar a casa, cerrar la puerta (dos vueltas), secarse el pelo, ponerse el pijama y comerse un bocadillo. O un sándwich.

La calle estaba llena de coches mal aparcados; la gente salía de la estación con pasitos cortos y rápidos, se metía en ellos deprisa, sacudía la cabeza y sonreía, explicando algo a la sombra del volante. Lidia se preguntó si coger un taxi sería como pagar por un poco de cariño.

Se subió el cuello del abrigo, se abrazó, cubriendo el bolso, y anduvo calle arriba.

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