miércoles, abril 21, 2004

20 de abril, Mireia

Mireia siempre ha tenido las cosas muy claras, eligió cuándo iba a nacer y cómo se iba a llamar. Todo estaba listo para el 7 de abril (14, a lo sumo), pero ella decidió esperar hasta el 20. Se llamó Elisabet, pero se fueron todos a comer y, al quedarnos solas, me miró desde su cuna de cristal y sus ojos me dijeron que quería llamarse Mireia.

Mireia es dulce y suave; se mueve despacio y sus manos blancas y finas no tocan, acarician.

Me gusta mirarla, sus gestos parsimoniosos y tranquilos convierten cualquier nimiedad en un ritual importante. Se come los pasteles y los helados poco a poco, girando el plato, convirtiendo el postre en una bola menguante. Le gusta el pan de molde, se come la corteza y con la miga forma un canalón que desaparece con mordisquitos pequeños. A Mireia le gusta levantarse temprano para que el tiempo le alcance, aunque casi siempre acaba yendo al instituto apresurándose con sus largas zancadas, tan ágil que parece que flota. Mireia es alta y delgada, y cuando sonríe se le arrugan las mejillas y los ojos. Si se dejara, no me cansaría de abrazarla.

Mireia es rebelde, nunca ha concebido el porquesí y le cuesta aceptar que no puede hacer nada contra las injusticias. Le preocupan y angustian cosas que yo (ahora) ya sé que no son importantes. Me gustaría ahorrarle ceños fruncidos, noches en blanco y conversaciones pendientes, pero tiene que crecer a pesar de mí.

Tímida y silenciosa con los extraños; ingeniosa, divertida y brillante con los amigos, hace meses que brilla con otra luz, la que hace estremecer cuando te mira y explotar cuando te coge las manos y se ríe contigo.

Creo que Mireia es feliz ¿acaso importa algo más?

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