lunes, mayo 03, 2004

La dama del paraguas

Esta tarde, por la calle, he visto a una señora mayor. Vestía un traje muy elegante, en tonos marrones, y llevaba el bolso, los zapatos y el paraguas perfectamente combinados.

La he imaginado pensando qué iba a ponerse, cambiando las cosas de bolso con cuidado, para no olvidar nada, peinándose el moño perfecto, poniendo unas gotitas de colonia en el pañuelo. Tal vez iba a pasar la tarde con alguna amiga, o a ver a sus nietos, quizás sólo a dar una vuelta.

Andaba despacio, con ese paso corto y estirado que da la dignidad por encima del reuma; llevaba el bolso colgando del brazo y el paraguas abierto, cogido con las dos manos y apoyado en su hombro derecho.

Pero no llovía. Había llovido, pero hacía tantas horas, que en el suelo sólo quedaban cuatro charquitos rebeldes en algún rincón de baldosas rotas. Habían anunciado lluvia para todo el día, pero las rayas de cielo claro que dejaban ver las nubes decían que no ahora.

He pensado que seguramente no podía abrir el paraguas, que seguramente alguien se preocupaba por ella y, tozudo, se lo abría y se lo colocaba al hombro. Es bonito que te quieran así.

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